Han pasado ya seis meses desde que te dijeron que tienes una beca Erasmus concedida... y todavía no te lo crees. Ni te crees que en menos de siete días vas a estar ya viviendo en tu ciudad de destino, y que tu "vuelta al cole" de ese año va a ser bastante diferente a lo habitual.
Han sido seis meses bastante largos y cortos a la vez.
Largos, puesto que has tenido que hacer muchísimas tareas, muchísimos papeles y muchísimos arreglos. Has pasado por diferentes estados de ánimo ante todos los preparativos. Has pensado mil y una veces "¡ojala alguien me hubiera avisado de que esto era tan duro!" y el "¡si lo llego a saber no me voy!". Pero sin embargo, has seguido hacia delante. Te has derrumbado mil y una veces, pensado en que todos los males de este mundo, toda la maldad que puede haber en la faz de la tierra ha decaído sobre ti. Porque hay que reconocerlo: irse de Erasmus conlleva un trabajo muy duro, muchísima dedicación previa y muchísimas jaquecas.
Una vez te asignan la plaza, te asignan también un/a coordinador/a, es decir, un profesor de tu universidad que se va a dedicar de "llevarte por el buen camino", y lo pongo entre comillas porque eso es una falacia, como lo que más. El coordinador es, para ser exactos, esa persona a la que le dan un plus por interesarse cinco minutos a la semana por un alumno que, seguramente, ni conozca. Eso sí, acaba siendo como tu propia madre o, al menos, en mi caso. Me tocó la típica coordinadora joven e inexperta que no tenía ni idea de Erasmus, y era ella la destinada en hacer esas tres palabras que van a retumbar en tu cabeza durante meses: contrato de estudios. Esas tres palabras, malditas y creadas por Belcebú, son lo más horrible de todo el camino Erasmus. ¿Qué es el contrato de estudios? Pues simple y llanamente, es tu vida. Tu real y santa vida. Gracias a esos papeles vas a poder decir: "sí, estuve de Erasmus" oficialmente.
Un contrato de estudios es la equivalencia entre tus asignaturas estipuladas por tu curso realizado durante el año Erasmus de la universidad en la que estudias habitualmente, la universidad española, convalidadas por las asignaturas de tu universidad de destino, la francesa. Parece fácil en la teoría, pero evidentemente, no lo es en la práctica, porque las asignaturas cambian barbaridades allá donde vayas.
Entonces, tienes que empezar a contrastar unas con otras, a pensar en qué se van a basar cada una de ellas (evidentemente no tienes ni pajolera idea de cómo serán allí ni aquí, y mucho menos si eres del nuevo plan Bolonia y tu año siguiente nunca se ha realizado en la historia de
Pero una vez lo has hablado con tu tutora (o tutor) y le ha dado el visto bueno, debe enviarlo a la universidad de destino para que le den su beneplácito y realicen los cambios que les parezcan oportunos. Una vez todos esos trámites se suceden con éxito, tienes un par de papeles donde hay unas gráficas en las que aparecen las equivalencias. Y eso va a ser tu vida el año siguiente en la universidad de destino.
Sin embargo, eso no es todo. Una vez llegues allí, tiene que congeniar todo, tienes que volver a cambiar cosas por si, por ejemplo, te se solapan clases o si de repente se deciden no realizar de dicha asignatura. Es un horror indiscutible e incalculable. Vuelves a pensar aquello de "si me hubieran avisado, ¡otro gallo cantaría!".
¡¡Con lo fácil que resultaría realizar tu curso en otra universidad!! ¡¡Sin complicaciones!! Que te dieran todos los créditos válidos, exigiéndote un mínimo de asistencia y de superación de créditos en el contrato de estudiante Erasmus (algo totalmente necesario, porque si no cada uno se iría de parranda y nunca haría nada) y "finiquitaun!". Me sofoca y me indigna mucho este tema: Soy estudiante. Exígeme que estudie en la universidad de destino, ¡¡pero como se haría allí!! ¡Tal cual! Yo me comprometo a superar los créditos y tu te comprometes a darme por válido el año, dependiendo las asignaturas que haga. ¡Que sea indiferente si se parecen en el blanco de los ojos o no! Este tema me ofusca demasiado, pido perdón.
En definitiva, que el camino hacia el Erasmus no es sencillo. Los papeleos en la universidad amargan tu existencia en varias ocasiones. Y todavía queda lo mejor: saber cómo va a ser tu vida allí, físicamente hablando. Es decir, si tendrás o no un techo en el que poder cobijarte o si, por el contrario, vivirás a cuerpo de rey, con una caja de vagabundo enterita para ti.
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