21 de agosto de 2011

El inicio: la prueba de nivel.


Un día te levantas, te arreglas y te diriges a pasar otro rutinario y divertido día de clases en la universidad cuando, de repente, observas como todos tus compañeros están hablando de algo que siempre te había llamado la atención, pero que nunca te habías parado a pensar seriamente. Un tema del que empiezas a interesarte al instante, y del que hablas y hablas durante toda la jornada con tus inseparables compañeros de carrera. El tema en cuestión, el realizar un añito de tu vida, o parte de él, en otro lugar de Europa. Estudiar fuera de casa, vivir en otro lugar y, encima, "cobrando" (y recalco las comas porque lo de cobrar será un tema largo de explicar). Algo más conocido entre la sociedad como "el año Erasmus".

Pues bien, acaba la jornada de clases universitarias y decides informarte de cómo puedes llegar a conseguir esa "beca" (por llamarlo de alguna forma) y, después de largos instantes de investigación (todo lo largo que puede ser preguntarle dudas a la primera compañera que ves conectada en el Tuenti), te enteras de que la semana próxima son las prueba de nivel de idiomas. Te pones a recapacitar una milésima de segundo, pensando en si debes presentarte o no, pero enseguida esas dudas desaparecen de tu mente cuando a tu cabeza llega la frase de "¿tengo algo mejor que hacer?". Así que te dispones a prepararte ese examen. Primeramente, o al menos en mi caso, decides pasar del inglés, por dos razones: porque tus posibilidades de aprobar son infrahumanas, ya que de inglés no tienes ni pajolera idea, y porque sabes que hasta Dios va a intentar superar esa prueba. Así que pasas del inglés, como ya llevas haciendo

desde primero de primaria y decides presentarte a la prueba de francés. Te buscas libros, miras aquello que llevas haciendo en la Escuela Oficial de Idiomas durante varios años, buscas vocabulario, gramática, frases hechas... y entre buscar y buscar, te das cuenta de que empezaste a buscar hace ya una semana, que no has empezado a estudiar y que el examen es al día siguiente. El mundo se te cae encima, pero lo dejas pasar, puesto que ya das por hecho de que no te van a aprobar, entre otras cosas, porque te enteras (preguntándole a la misma amiga vía xat del Tuenti, esa típica amiga que siempre lo sabe todo) que exigen un nivel intermedio alto. Pero bueno, te ríes lo que hace falta y vas al examen, simple y llanamente por probar, por saber cómo será esa prueba y para hacerla mejor al año siguiente. Te da igual suspender, puesto que tu autoestima está a nivel subterráneo. Así que te miras unas diez paginitas de tu libro de la EOI media hora antes, entras en el examen y te sientas en una mesa, rodeado de gente conocida y desconocida que ha tenido la misma y genial gran idea que tú. Una mujer te explica la prueba, que consta de no sé yo cuantos ejercicios y, evidentemente, te la explica en un francés oral que te cuesta entender, no mucho, pero te cuesta.

Realizas el examen, lo haces en aproximadamente 45 minutos. Unos 45 minutos que han sido muy divertidos, francamente, ya que te has dedicado a pensar lo horrible que es tu nivel del idioma, la cantidad de palabras que aparecen en esas tres hojas de examen de las que no conocías su existencia, la cantidad de espacio en blanco que estás dejando... y, mientras te ríes pensando en el ridículo que vas a sentir al entregar esa prueba, miras la cara de esa gente conocida y desconocida que ha tenido la misma genial y gran idea que tú, y observas como también se están riendo, y sabes que están pensando exactamente lo mismo que tú. La gran mayoría, al menos.


Así que te levantas, vas a esa mujer a la que te había costado entender y le entregas tus tres hojas, que están casi igual que cuando te las han repartido, o incluso más blancas, debido a la cantidad de tipex que has depositado en ellas. Esa mujer te mira, coge el examen y te contesta con un "au revoir" grave y sentencioso, puesto que sabes que es el único adiós que vas a recibir en francés en mucho tiempo, ya que después de ese examen tan patético, nunca podrás conseguir un destino Erasmus a Francia, para que te lo digan cada dos por tres.

Pero la suerte, como siempre o como casi nunca, te sonríe. Salen las notas de los exámenes a las dos semanas y ves que has sacado casi un notable. Dices, vale, ese DNI no es el mío, y lo miras una y otra y otra y otra y otra vez hasta que te das por aludido. Piensas que se han equivocado con tu nota, y vas a preguntar al rectorado al día siguiente. Te comunican de que no, de que es tu nota real. Piensas que la señora sentenciosa está ciega y que ha corregido a boleo.

Sin embargo, te alegras. Puesto que te dan la opción de escoger un destino a Francia. Crees que es imposible, pero a la vez piensas ¿y por qué no?. Además sabes que escoger destinos no significa que te vayas a ir de Erasmus, puesto que si no hay plazas, no te van a enviar.

Así que te pones a mirar los destinos que tu carrera tiene estipulados en el país gabacho. Tus ojos se van directos a buscar esa palabra tan mágica titulada París. Pero nada, que no aparece entre los posibles destinos. Sigues mirando y ves una que te gusta, una palabra que llega a ser musical, repitiendo sus vocales: Toulouse. Así que la pones de primera opción, simple y llanamente porque te ha gustado cómo sonaba.

Pero cuando decides el destino Erasmus, no decides uno, te obligan a decidir más, hasta diez opciones. Así que empiezas a llenar: Nancy, York, Atenas... mientras piensas: ni de fly me voy a Atenas si me conceden ese destino. Cuando tienes las diez opciones rellenadas, le das al botón de "Aceptar". Y piensas: vale, seguro que de mi carrera quieren ir más personas a Toulouse y sólo hay dos plazas, y seguro que hay gente que tiene más nota que tú en el examen, ya que si a ti te han puesto casi un notable, habrán dieces a tutiplén. Con lo que empiezas a volverte paranoico: te van a enviar a Atenas. Sólo suena esa frase en tu cabeza una y otra y otra vez. Me encantaría ir a Atenas, de verdad, porque adoraría vivir en la cuna del arte, la ciencia, donde se albergaban los dioses y los mitos más sorprendentes. Pero no pinto nada en una ciudad donde se habla griego e inglés... y donde el francés se escribe sólo en los periódicos, en las páginas de contactos, junto a las palabras "y griego".


Pero de nuevo, la diosa de la suerte te sonríe. Te envían un mail y te comunican de que has sido seleccionado para tu primera opción. Creía que desde cuando enviaron el sms comunicándome lo mismo después de selectividad, nunca volvería a recibir algo igual. Algo que, como al señor Juan Carlos de Borbón y Borbón, me llenara tanto de orgullo y satisfacción.

Así que, con lágrimas en los ojos, mezcla de la sorpresa y del anonadamiento que llevas encima tuyo, sales de tu cuarto, vas a ver a tu madre y a tu padre, que están viendo L'Alqueria Blanca repetida por Canal 9 y les comunicas que te han dado el Erasmus. Su cara de anonadamiento es superior a la tuya, puesto que saben lo que les viene encima y porque saben que tu vida ya ha cambiado. Ya es oficial: te marchas un año a otro país.

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